Topic outline
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JESUCRISTO Y APRENDIZAJE VITAL - P1083-TEÓRICO-NC020-02-N01
PRIMER NIVEL
JORGE ANTONIO BALLADARES BURGOS
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CHRISTIAN PAúL JARAMILLO BAQUERIZO
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La causa de los pobres. Los milagros y la observancia del sábado
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Introducción
La misión de Jesús estuvo marcada por una clara opción en favor de los pobres y marginados de su tiempo. Su predicación y sus acciones reflejan una preocupación constante por quienes sufrían injusticia, anunciando que el Reino de Dios trae esperanza y dignidad a los más vulnerables.
Los milagros realizados por Jesús son signos del amor liberador de Dios y expresan la llegada de ese Reino anunciado. Sus controversias sobre la observancia del sábado muestran que la ley debe estar al servicio de la vida humana y no convertirse en una carga que oprima o excluya.
Termino
Concepto
Termino
Concepto
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La causa de los pobres y los milagros de Jesús
De entre todos los bloques literarios del Nuevo Testamento este es el que sigue suscitando hoy las reacciones más encontradas. Unos lo ven como algo tan sublime que resulta irreal, y es imposible contar con él a la hora de tomar decisiones realistas. Otros, tratando de reivindicar la tierra y la vida, se enfrentan de manera hostil a estas proclamas como si fuesen la más clara negación de los valores por ellos defendidos. De cualquier modo, el tema es interesante en sí, ya que se habla de la felicidad y todo hombre está interesado en ella.
Lo que las bienaventuranzas piden es una toma de postura. No es aceptable el convertirlas en un bello poema o en un objeto de museo que se admira y no se usa.
Por otra parte, en las bienaventuranzas se nos muestra el Dios de Jesús como especialmente diferente del dios de la filosofía o de las religiones. El Dios de la biblia interviene en la historia y toma partido en favor de los pobres. El dios de la filosofía y de las religiones, por una pretendida neutralidad que supone un efectivo y real apoyo a los poderosos, no manifiesta preferencia alguna. Es este un punto diferenciador y, como tal, de examen para que el discípulo de Jesús distinga con claridad a qué divinidad está adorando.
1.- LOS TEXTOS DE LAS BIENAVENTURANZAS.
Respecto al sermón de la montaña, es admitido que no se trata de la transcripción de un discurso de Jesús, sino que más bien son frases y palabras del Señor separados en el lugar y en el tiempo de su pronunciación y unidos después para enseñanza de los nuevos cristianos que no habían conocido físicamente a Jesús. Queda por ello en símbolo o en mero nexo literario de unión el detalle de que se pronunciasen en un monte, como dice Mateo, o en una llanura, como dice Lucas.
Figura 39
El sermón de la montaña

Nota. Representación artística de Jesús proclamando las bienaventuranzas ante sus discípulos y la multitud (Mt 5, 1-12). Imagen con fines educativos. Dos son las versiones que han llegado hasta nosotros: la de Mateo y la de Lucas. Las dos han tenido como fuente la misma tradición, pero contienen diferencias de forma y de fondo. Las comunidades a las que cada evangelista se dirigía estaban en distinta situación y sus respectivos escritos tratan de explicarlas y aplicarlas de la manera más conveniente en cada caso.
2.- LAS BIENAVENTURANZAS SEGUN SAN LUCAS
La versión que nos da Lucas es seguramente la más antigua y parece coincidir más con el estilo verbal del mismo Jesús. La proclamación habría tenido lugar en una llanura y el texto nos da cuatro bienaventuranzas seguidas de cuatro maldiciones (Lc6, 20-26). En otro lugar de su obra se incluven seis maldiciones más repartidas por igual entre fariseos y escribas (Lc11, 42-52).
En cuanto al contenido, se puede decir que la felicidad o bienaventuranza de que Lucas habla es ya presente (¡felices ahora!) y es aplicable a los pobres y perseguidos, entendiendo por tales a los que lo son físicamente: no tienen bienes materiales, tienen ham-bre de pan y son perseguidos por las autoridades de forma policial. Se habla de los que social y económicamente son pobres o indigentes en sentido material. No aparece desde luego ninguna alabanza a la pobreza, que se ve como un mal que deshumaniza al hombre. Se afirma que son felices ahora, que tienen suerte ahora y no se expresa un deseo de que la tengan o se asegura que la tendrán en el cielo o el día del juicio. No se dice tampoco que los pobres estén más capacitados para ser felices o que sean más agradecidos o éticamente mejores. Los pobres, como todos, tienen valores y contravalores. El motivo que se da es un hecho objetivo: su obreza. Es verdad que el rico fácilmente se hace materialista, olvida a sus hermanos y queda absorbido por el ídolo del tener, acumulando sin necesidad y poniendo su confianza en el dinero, pero también el pobre tiene que seguir el camino de Jesús.
Lucas no dice lo que tiene que hacer el pobre, sino que asegura que Dios desea un mundo con unas relaciones de justicia y, por ello, los que han acogido el reino, lo que creen en él, han de ponerse de parte del pobre y hacer causa común con sus justos deseos de salir de la pobreza. Los pobres están de enhorabuena, no porque la pobreza sea un bien que haya de ser conservado, sino porque los que sigan a Jesús se pondrán de su parte y les ayudarán a vencer y salir de su situación.
Se cuestiona por tanto a la comunidad de discípulos, a la iglesia, para que tenga como principal punto de compromiso la solidaridad con los pobres y perseguidos. La bienaventuranza puede quedar frustrada, no por equivocación de Jesús, sino porque sus seguidores pretendan ser cristianos sin sumarse a la causa de los pobres. Aquí tendrán un test de autenticidad.
3.- LAS BIENAVENTURANZAS SEGUN SAN MATEO
Figura 40
Las bienaventuranzas según el Evangelio de Mateo

Nota. Ilustración catequética de las nueve bienaventuranzas en el contexto del sermón de la montaña. Adaptado para uso académico. San Mateo, que nos coloca el discurso como pronunciado en un monte (¿el nuevo Sinaí?), presenta nueve bienaventuranzas (Mt 5, 3-12). En otro lugar hace constar siete maldiciones contra los escribas y fariseos (Mt 23, 13-21). Peculiar es en Mateo la coletilla que añade a la primera bienaventuranza: «pobres de espíritu». Quizá ella nos sirva para comprender mejor que Mateo no se refiere a las mismas personas que Lucas. No todos los pobres son pobres de espíritu». Las bienaventuranzas de Mateo no se refieren a unas simples situaciones objetivas externas, como en el caso de Lucas, sino que requieren una actitud interior. Desde luego que para Mateo no son pobres, y por tanto no lo pueden ser «de espíritu», ni los austeros, ni los desasidos, ni siquiera los que solidaría y fraternalmente luchan por la causa del pobre. Todo esto es positivo, pero no es el objeto de la bienaventuranza. Para ser pobre de espíritu se requiere en primer lugar ser económicamente pobre. Se requiere además una actitud de abandono en manos de Dios. Hay que evitar que a los pobres se les quite lo único que tienen en propiedad exclusiva: el nombre. Pobre es el que padece unas carencias materiales involuntariamente.
El evangelio de Mateo, que es sobre todo un manual de vida cristiana que los catequistas usaban en su función de instruir en la fe a los nuevos convertidos, da a las bienaventuranzas esta orientación catecumenal.
Para Mateo, las bienaventuranzas son señal y signo de la nueva vida de los creyentes; por ello las transforma, les da profundidad y crea otras nuevas. Pide ser pobre incluso de espíritu, no imponerse a los demás (ni económica, ni psicológica ni ideológicamente), no aprovecharse de los otros. No se habla ya aquí de los hambrientos de pan, sino de los que tienen hambre y sed de justicia, es decir, de los que desean desde lo más profundo de su interior que los hombres lleguen a su plenitud, y por tanto que este mundo, sus relaciones y estructuras caminen en esa dirección. Se entiende por justos, en este caso, a los que han amado hasta el fin a sus hermanos pequeños en la tierra. Todos éstos y los perseguidos por causa de Jesús y su justicia tienen ya el talante de la nueva sociedad.
Hay además en Mateo tres bienaventuranzas nuevas que hablan de los misericordiosos, los limpios de corazón y los constructores de la paz. El misericordioso representa al que es solidario «a fondo perdido» y perdona siempre como y porque Dios perdona. El limpio de corazón es aquel que, esforzándose por superar la religiosidad de las formas externas (Mt 23), consigue una nitidez y transparencia que se expresan como aceptación del misterio de Dios y servicio absoluto hacia los otros, mantiene los ojos abiertos al sentido de la vida y puede ser capaz de descubrir a Dios desde la tierra. El que pone los fundamentos de la paz no es el meramente pacífico, sino aquel que se empeña en edificar un mundo nuevo donde los hombres se acepten mutuamente, donde se ayude a los pequeños, donde se ofrezca a todos la posibilidad de realizarse. Esto lleva consigo un cambio de estructuras y de formas de relación y valoración.
Todas las actitudes enumeradas como facetas o ángulos distintos del talante de los que pertenecen al reino no se entienden como meros sentimientos internos, sino que requieren un compromiso práctico y eficaz con el necesitado dándole el propio ser y el propio tener, es decir, volcándose en su ayuda. Así, como el samaritano de la parábola (Lc10, 25-37), se puede llamar a los demás hombres «hermanos».
4.- EL ESPIRITU DEL SERMON DE LA MONTAÑA
En las bienaventuranzas encontramos en primer lugar una llamada a un nuevo tipo de relación interhumana mediante la superación de la agresividad. Hay en ellas también un anuncio revolucionario contra el infortunio vigente, que se juzga injusto, y una proclamación esperanzada de que la dicha vendrá con la justicia del reino. Incluyen, como se puede ver, lo que hoy se llama una «utopía». Las bienaventuranzas son también la irrupción ya presente del amor de Dios que hace justicia al pobre, no mediante la venganza, sino por medio de la acción bienhechora. Es una actuación en la misma historia que habrán de realizar los hombres y que, más allá de la historia, llevará a la consumación la intervención directa de Dios. Como exhortaciones a un talante muy determinado de solidaridad y superación de la agresividad, no se pueden entender más que desde el amor y la utopía. No se trata de ascetismo, autodominio, imperturbabilidad o paz, como podría corresponder al budismo. Tampocotienensu raízen unamística pesimista del hombre como pecador nato, que ha de sufrir para pagar sus culpas.
Las bienaventuranzas son sobre todo el rostro de la auténtica iglesia que ha de expresar en la historia el espíritu de Jesús.
5.- LOS MILAGROS EN LOS EVANGELIOS
Los milagros ocupan un lugar importante en los evangelios y forman parte esencial del anuncio del Reino de Dios realizado por Jesús. No se presentan como hechos aislados o espectaculares, sino como signos que revelan la cercanía salvadora de Dios y la liberación integral de la persona.
En el lenguaje bíblico, los milagros no se describen principalmente como rupturas de las leyes naturales, sino como signos, acciones poderosas o gestos significativos. Su finalidad no es provocar admiración, sino suscitar fe y mostrar que Dios actúa en favor del ser humano.
5.1. Los milagros en la mentalidad del tiempo de Jesús
En el mundo antiguo, enfermedad, pecado y marginación estaban estrechamente relacionados. La curación de un enfermo implicaba no solo la recuperación física, sino también la reintegración social y religiosa. Los milagros de Jesús deben entenderse desde este contexto.
Figura 41
Curación de un enfermo por Jesús

Nota. Representación artística de un milagro de curación realizado por Jesús, signo de la restauración integral de la persona (Mc 1, 40-45). Figura 42
Milagro sobre la naturaleza

Nota. Escena ilustrativa de un milagro sobre la naturaleza, que manifiesta la autoridad de Jesús sobre la creación (Mc 4, 35-41). 5.2. Tipos de milagros en los evangelios:
En los evangelios se distinguen diversos tipos de milagros:
- Curaciones de enfermos
Figura 43
Curación de un paralítico

Nota. Representación del relato evangélico de la curación del paralítico, signo de perdón y restauración social (Lc 5, 17-26). - Expulsiones de demonios
- Milagros sobre la naturaleza
- Resurrecciones
Todos ellos tienen en común la restauración de la vida y la dignidad humana.
5.3. El sentido teológico de los milagros
Los milagros no son pruebas matemáticas de la divinidad de Jesús. Son signos del Reino de Dios que ya está actuando en la historia. Revelan la compasión de Jesús, su cercanía a los pobres y excluidos, y su autoridad sobre el mal.
La fe no nace del milagro, sino que el milagro presupone la fe o la suscita. En muchos relatos evangélicos, Jesús insiste en la confianza personal como condición para la curación.
5.4. Los milagros y el seguimiento de Jesús:
Los milagros no pueden separarse del llamado a la conversión y al seguimiento. Quien reconoce en ellos la acción de Dios está invitado a cambiar de vida y a comprometerse con la causa del Reino.
Los milagros en los evangelios son signos liberadores que anuncian un mundo nuevo. Más que hechos extraordinarios, son gestos de amor que manifiestan quién es Jesús y cuál es el proyecto de Dios para la humanidad.
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El conflicto y la muerte en la Cruz
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Introducción
El mensaje y la práctica de Jesús generaron tensiones con las autoridades religiosas y políticas de su tiempo, debido a su libertad frente a ciertas normas y su cercanía con los excluidos. Su anuncio del Reino cuestionaba estructuras establecidas y despertaba resistencias crecientes.
El proceso y la muerte de Jesús en la cruz pueden entenderse como la consecuencia de un amor radical y coherente hasta el extremo. Su entrega total manifiesta fidelidad a la voluntad del Padre y solidaridad con la humanidad, convirtiéndose en signo supremo de donación y esperanza.
Termino
Concepto
Termino
Concepto
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El conflicto y la muerte en la Cruz
La postura adoptada por Jesús respecto a la ley, el templo, los poderosos de todo tipo y, en general, todo lo que esclavizaba al hombre oscureciendo el rostro de Dios, le condujeron a una confrontación con los poderes de Israel. Los responsables de las instituciones religiosas y políticas vieron en él una amenaza que sólo se podía solventar con su eliminación.
1. LA LEY DE MOISÉS
Para un judío, la ley era algo de suma importancia. Se la designaba en hebreo con la palabra Torá que significa «enseñanza» y que se refería, en concreto, a la enseñanza recogida durante mucho tiempo y atribuida a Moisés.
Este conjunto de directrices era cumplido por cada judío dondequiera que estuviese y constituía la expresión más patente de este pueblo. Sin estos comportamientos peculiares, en nada se distinguirían los judíos de otras gentes y viviendo, como lo hacía la mayor parte, en países extraños, hubiesen sido absorbidos rápidamente por otras culturas y hubieran desaparecido como pueblo. Por ella se regulan, en nombre de Dios, no sólo la vida religiosa o moral, sino todo el orden político y social del pueblo.
2. LOS FARISEOS Y LA LEY
Figura 44
Jesús ante los fariseos en el Templo

Nota. Representación artística del diálogo y confrontación de Jesús con fariseos y maestros de la ley en el Templo de Jerusalén (cf. Mt 23, 1-36; Lc 11, 37-54). Imagen con fines educativos. En tiempos de Jesús, los fariseos eran el grupo que más se distinguía por tratar de cumplir la ley de forma escrupulosa y detallista. Ellos se consideraban el verdadero Israel y tenían a la ley como el gran don de Dios. Pero no se limitaban al cumplimiento de lo escrito en el Pentateuco, sino que aceptaban con la misma fuerza obligatoria la interpretación o tradición de los antiguos. Con ello construían una cerca protectora alrededor de la ley para evitar cualquier infracción inadvertida. Así, en toda circunstancia creían conocer con precisión cuál era la voluntad de Dios. En la práctica, esto desembocó en un formalismo exterior y en una visión legalista de toda la moral. Lo importante era cumplir exteriormente lo que mandaba la ley, sin intentar descubrir la voluntad de Dios que en ella se encierra.
Así, el pecado no era tanto una ofensa a Dios como una transgresión de la ley. Con ello, las relaciones con Dios quedaban reducidas a mero contrato jurídico. El fariseo piadoso, cuyos méritos pesan más que sus pecados, puede presentarse ante Dios recordándole sus derechos. Dios sólo es amigo de los justos; por tanto, el fariseo no debe juntarse con los pecadores o los ignorantes de la ley.
3. JESÚS ANTE LA LEY
La libertad con que Jesús se comporta frente a la ley será lo que más sorprenda, lo que más se discuta, lo que provoque reacciones más violentas. Desde luego que no fue alguien que hiciese una campaña contra la ley, pero siempre manifestó que ella no constituía la norma absoluta y exclusiva del comportamiento de los hombres. Para él, la ley tiene sentido en la medida en que está al servicio de los hombres: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc2, 27). Cuando se ve que esto no es así, Jesús la modifica y adopta frente a las leyes rituales judías de la impureza una actitud que no sólo es de crítica, sino de anulación. Por encima y más allá de las exigencias de la ley, Jesús piensa en las exigencias de un Dios que busca y quiere al hombre entero y no sólo sus acciones mecánicas exteriores.
Jesús, en suma, altera la ley, cosa que no le es permitida a nadie, sea profeta o rabino. Señala que la raíz del mal está en el corazón del hombre y radicaliza así la obediencia a Dios; anuncia el amor como exigencia suprema de Dios frente a la obediencia predicada por los fariseos; habla de la ley con un tono de absoluta autoridad y se permite perdonar los pecados, cosa que sólo Dios puede hacer. El amor a Dios y al prójimo ya eran conocidos y relacionados antes de que él lo hiciera, pero él convierte el amor al prójimo en verdadera prueba del amor a Dios, y lo proclama además ilimitado en cuanto a destinatarios e intensidad. Amar al prójimo es hacer todo lo que podamos a su favor en su situación concreta. El amor a los enemigos es doctrina exclusiva de Jesús.
4. JESÚS Y LA RELIGIÓN OFICIAL, EL PODER POLÍTICO Y LA CRÍTICA SOCIAL
Figura 45
Jesús, el Buen Pastor

Nota. Representación artística de Jesús como el Buen Pastor, imagen simbólica de su cuidado y guía hacia su pueblo (cf. Jn 10, 11-18; Sal 23). Imagen de uso pedagógico. El Dios al que se refiere Jesús no se corresponde con las representaciones, los esquemas y deseos de la religión judía oficial. Jesús no obedece al Dios de la ley que sostiene y justifica toda la institución judía, sino al Dios que se preocupa de todos los hombres.
Respecto al poder político, Jesús ni lo aduló, ni se esforzó por aclarar equívocos, ni suavizó sus palabras, ni le tuvo miedo, ni se plegó ante él. Se mantuvo libre frente al poder político y se estrelló contra él, pero no pretendió ser nunca un mesías político; no era una esperanza nacional la que animaba a Jesús, y no fue el mesías de una nación.
Su predicación tiene un fuerte acento crítico contra la injusticia social reinante. Jesús amenaza a los ricos y poderosos que comen y ríen mientras a su lado hay hombres que lloran y pasan hambre (Lc6, 24-25).
La opresión y la injusticia no podrán ser eliminadas si no se ataca la raíz: la quiebra de la fraternidad y de la comunión entre los hombres. En las instrucciones de Jesús a sus discípulos no encontramos ningún rastro de guerrilla armada. El no manifiesta aspiraciones políticas, sino una ausencia total de nacionalismo al predicar el reino.
Así las cosas, a nadie podía extrañar que el desenlace fuera fatal. Los poderes acordaron acabar físicamente con él. Con un plan bien preparado, prácticamente nadie se iba a poner a su favor. Sería uno más de los muertos en nombre de Dios y del pueblo.
5 – LA VIDA Y MUERTE DE JESÚS
Su muerte violenta fue una consecuencia de su obrar, de la pretensión que había caracterizado su vivir y había provocado la oposición cada vez más cerrada de las autoridades judías. No buscó la muerte, pero ésta le vino impuesta desde fuera y él la aceptó, no resignadamente, sino como expresión de la libertad y la fidelidad a la causa de Dios y de los hombres. La muerte violenta no fue impuesta por un decreto divino, sino obra de unos hombres concretos. Las exigencias de conversión, la nueva imagen de Dios, su libertad frente a las sagradas tradiciones y la crítica de corte profético contra los dueños del poder económico, político religioso provocaron el conflicto.
6.- ANTE LOS TRIBUNALES
Comúnmente se suele hablar de un proceso religioso y otro político en la condena de Jesús; sin embargo, en un mundo teocrático, como lo era el judío, esta distinción, tan clara en nuestros días, no era posible. A pesar de lo que el nombre nos pueda sugerir, «sumo sacerdote» era el título del presidente del gobierno. Inútil, por tanto, todo intento de deslindar los campos.
Parece seguro que hubo una intervención del sanedrín y, más cierto todavía, una condena del prefecto romano Poncio Pilato.
Con segundad podemos afirmar que, según los datos disponibles, a Jesús se le condenó por parte del sanedrín a la pena máxima por un delito de blasfemia, sin que nos sea dado precisar en qué consistió ésta. Por su parte, Poncio Pilato, representante del poder romano, lo entregó a la muerte por crucifixión como rebelde político.
7. DETENIDO, TORTURADO Y EJECUTADO
En un jueves, muy probablemente el 6 de abril del año 30 d. C., hacia las 22/23 horas, fue detenido por los enviados del sumo sacerdote y del sanedrín.
Jesús debió ser interrogado por las autoridades judías durante la madrugada del viernes. Al amanecer (seis de la mañana), el sanedrín, con al menos 23 miembros presentes, reunido en casa de José Caifás o en el salón de piedra situado al oeste del recinto del templo, le condenó y le entregó a Pilato. Serían las 8 de la mañana.
Figura 46
La curación del paralítico

Nota. Representación artística del milagro de la curación del paralítico, signo de perdón y restauración integral realizado por Jesús (cf. Mc 2, 1-12; Lc 5, 17-26). Imagen de uso pedagógico. Pilato estaría en la Torre Antonia, palacio- fortaleza que dominaba el templo. En este lugar Jesús fue torturado y condenado a morir en cruz. Esta modalidad de muerte se aplicaba en el imperio sobre todo a esclavos y rebeldes políticos.
Cargado con el travesaño de la cruz (patibulum), cuyo peso sería de al menos 50 kgs.. recorrió algo más de 600 metros que lo separaban del lugar que en hebreo llamaban «Gólgota» Le precedía la tablilla donde se indicaba la causa de la condena: «El rey de los judíos». Jesús fue crucificado y a las tres de la tarde murió
Se le enterró en uno de los sepulcros próximos al lugar, cuya entrada se cerraba, al igual que en otros muchos, con el rodamiento de una piedra redonda. Todo ello después de haber cumplido los acostumbrados ritos de embalsamamiento, sujeción del mentón mediante un paño y cierre de los ojos por la colocación de monedas sobre los párpados.
En síntesis, así debieron ser las cosas en su aspecto externo, según los datos de los evangelistas y lo acostumbrado en la época. Pero ¿qué significado oculto tenía todo esto? ¿Por qué lo recordamos hoy?
8. EL SENTIDO ÚLTIMO DE SU MUERTE
Es obvio que, para aquellos que veían en Jesús un embaucador o un revoltoso político, su muerte sólo significaba que un tipo más de éstos había sido eliminado. Para el grupo que se reunía a su alrededor, en un primer momento, la cuestión estaba clara: la muerte en la cruz quería decir que Dios no estaba con él. Su vida y sus palabras quedaban desautorizadas. Fue más tarde cuando la experiencia de la resurrección le descubrió el sentido de la vida e incluso de la muerte de Jesús. Con la resurrección quedaba patente que Dios daba la razón a Jesús y aprobaba su camino de servicio a los hombres.
9.DISTINTAS FORMAS DE INTERPRETACIÓN DE UNA MISMA REALIDAD
La necesidad de cada época y ambiente de hacer comprensible el sentido salvador de la muerte de Jesús produjo diversas interpretaciones. Sin embargo, imágenes que en unas determinadas circunstancias eran explicaciones muy claras pueden, con el paso del tiempo, convertirse en dificultades para nuestra comprensión.
Por ello nos preguntamos si las imágenes y representaciones que la piedad, la liturgia y la teología emplean para expresar la liberación de Jesucristo revelan o, por el contrario, ocultan hoy para nosotros el aspecto verdaderamente liberador de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.
10.- IMÁGENES MÁS FRECUENTES PARA EXPLICAR LA SALVACIÓN CRISTIANA
Tres son las formas más frecuentes de explicar la salvación aportada por Jesús: el sacrifico expiatorio, la redención-rescate o la satisfacción sustitutiva. Las tres giran alrededor del pecado contemplado desde tres ángulos diferentes.
En lo que respecta a Dios, el pecado es una ofensa que exige reparación-satisfacción condigna; en lo que respecta al hombre, reclama un castigo por transgresión y exige un sacrificio expiatorio; y en lo que afecta a las relaciones entre Dios y el hombre, significa su ruptura y la colocación del hombre bajo el dominio de Satán, lo cual exige una redención y el precio de un rescate. En todos los casos, el hombre aparece como incapaz de reparar el pecado; por eso Cristo sustituye al hombre.
Predomina en todo ello una concepción jurídica de las relaciones entre Dios y el hombre. El Padre habría querido esta forma de expiación del pecado, pero ¿puede Dios encontrar satisfacción en la muerte violenta y sanguinaria de la cruz? Por otra parte, para nada entra en juego la resurrección.
11. EL HOMBRE PUEDE LLEGAR A SU PLENITUD
Todas estas imágenes, metáforas o analogías no deben ser interpretadas literalmente para no caer en conclusiones absurdas, como las que nos pueden hacer ver un Dios vengativo y reacio al perdón. En cada una de ellas será el punto de semejanza lo que habrá que resaltar para que nos ayude a comprender que Dios nos ama, se nos muestra en Jesús y manifiesta su voluntad de hacernos llegar a nuestra plenitud. Jesús es el primero de todos los que, caminando en una vida de servicio a los demás, superan, por la acción de Dios, la limitación humana. Es a la luz de la resurrección como toda la obra de Jesús debe ser comprendida.
Anexo:
REFLEXIONES DE LEONARDO BOFF
«Decimos que Cristo nos redimió con su sangre, expió satisfactoriamente con su muerte nuestros pecados y ofreció su propia vida como sacrificio para la redención de todos. Pero ¿qué significa realmente todo eso? ¿Comprendemos lo que decimos? ¿Podemos de verdad pensar que Dios estaba airado y que se apaciguó con la muerte de su Hijo? ¿Puede alguien sustituir a otro, morir en su lugar y continuar el hombre con su pecado? ¿Quién tiene que cambiar: Dios o el hombre? ¿Debe Dios cambiar su ira en bondad, o es el hombre el que ha de convertirse de pecador en justo?
Confesamos que Cristo nos liberó del pecado, y nosotros continuamos pecando. Decimos que nos libró de la muerte, y seguimos muriendo. ¿Cuál es el sentido concreto y verdadero de la liberación de la muerte, del pecado y de la enemistad? El vocabulario empleado para expresar la liberación de Jesucristo refleja situaciones sociales muy concretas, lleva consigo intereses ideológicos y articula las tendencias de una época. Así, una mentalidad marcadamente jurídica hablará en términos jurídicos y comerciales de rescate, de redención de los derechos de dominio que Satán tenía sobre el pecador, de satisfacción, de mérito, de sustitución penal, etc. Una mentalidad cultual se expresará en términos de sacrificio, mientras otra preocupada con la dimensión social y cultural de la alienación humana predicará la liberación de Jesucristo.
¿En qué sentido entendemos que la muerte de Cristo formaba parte del plan salvífico del Padre? ¿Formaban parte de ese plan el rechazo de los judíos, la traición de Judas y la condena por parte de los romanos? En realidad, ellos no eran marionetas al servicio de un plan trazado a priori o de un drama suprahistórico. Fueron agentes concretos y responsables de sus decisiones. La muerte de Cristo, como hemos visto detalladamente, fue humana, es decir, consecuencia de una vida y de una condenación provocada por las actitudes históricas tomadas por Jesús de Nazaret.
No basta repetir servilmente las fórmulas antiguas y sagradas. Tenemos que intentar comprenderlas para captar la realidad que quieren traducir. Esa realidad salvífica puede y debe expresarse de muchas maneras; siempre fue así en el pasado y lo es también en el presente. Cuando hoy hablamos de liberación, significamos con esa expresión toda una tendencia y una encarnación concreta de nuestra fe, de la misma manera que cuando san Anselmo se expresaba en términos de satisfacción vicaria reflejaba, tal vez sin tener conciencia de ello, una sensibilidad propia de su mundo feudal: la ofensa hecha al soberano supremo no puede ser reparada por un vasallo inferior. Nosotros tenemos una aguda sensibilidad para la dimensión social y estructural de la esclavitud y de la alienación humana. ¿Cómo y en qué sentido es Cristo liberador «también» de esta antirrealidad?».
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