Diagrama de temas
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JESUCRISTO Y APRENDIZAJE VITAL - P1083-TEÓRICO-NC020-02-N01
PRIMER NIVEL
JORGE ANTONIO BALLADARES BURGOS
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CHRISTIAN PAúL JARAMILLO BAQUERIZO
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El Jesús de la historia y los Evangelios
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Introducción
El estudio del Jesús de la historia busca aproximarse a la figura real de Jesús de Nazaret dentro de su contexto social, político y religioso del siglo I. A través de la investigación histórica y el análisis crítico de fuentes, se intenta comprender su predicación, sus acciones y el impacto que tuvo en su tiempo.
Los Evangelios, en cambio, presentan a Jesús desde la fe de las primeras comunidades cristianas, ofreciendo un testimonio creyente sobre su identidad y misión. No son simples biografías, sino relatos teológicos que anuncian que Jesús es el Cristo, integrando historia y fe en una misma narración significativa.
Termino
Concepto
Termino
Concepto
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El Jesús de la historia y los Evangelios
1. Jesús de Nazaret
Pero... ¿ha existido en realidad Jesús de Nazaret? La pregunta puede parecer innecesaria para el creyente cristiano que, por el hecho de serlo, da por supuesto que sí, aun sin detenerse a estudiar los detalles del problema. Pese a todo, tanto el cristiano como el ateo, o el perteneciente a otra confesión religiosa, suelen formularse alguna vez este interrogante sin disponer normalmente de la necesaria información.
Podemos decir que la cuestión de la existencia de Jesús no se plantea de forma notable hasta finales del siglo XVIII, aunque el tema llegue a comienzos del XX.
Actualmente podemos decir que la realidad efectiva de la vida de Jesús podemos comprobarla con las mejores razones que la ciencia pura posee en tales investigaciones». Rudolf Bultmann, uno de los críticos más radicales de las fuentes evangélicas, se expresa así: «Desde luego, la duda de si Jesús ha existido realmente carece de fundamento y no merece ni una sola palabra de réplica. Queda plenamente claro que Jesús está, como autor, detrás del movimiento histórico cuyo primer estadio palpable lo tenemos en la más antigua comunidad palestinense».
Figura 28
El Tetragrámaton: El Nombre Sagrado de Dios (YHWH)

Nota. Representación gráfica del Tetragrámaton (יהוה), compuesto por las letras hebreas Yod, Hei, Vav y Hei. En la tradición bíblica, estas cuatro consonantes designan el nombre revelado de Dios en el Antiguo Testamento. La imagen incluye la transliteración fonética como recurso didáctico para la comprensión del texto hebreo. El nombre de Yehôsûa', significa «Yavé salva». Por el fenómeno fonético llamado «disimilación», se convirtió en Yêsua'. Así lo encontramos en Nehemías (8, 17), de donde procede el nombre latino de Jesús. Hasta el siglo II d. C., fue un nombre muy corriente entre los judíos.
Jesús de Nazaret no es un mito. Su historia se puede localizar y datar. Y, aunque no podamos llegar a la última concreción, el número de kilómetros cuadrados o de años en los que se le enmarca es muy reducido. Este será precisamente el primer objetivo de este tema: ubicar históricamente la persona de Jesús.
2. En aquel tiempo
No hace falta aclarar que los evangelios no son tratados de historia en el sentido moderno de la palabra; además, ni siquiera nos dan grandes precisiones cronológicas o geográficas. Pero, aun así, son documentos con un valor histórico, que coinciden con los que nos da la historia.
2.1. Jesús no nació en el año 1
En el imperio romano los años se contaban desde la fundación de Roma, que convencionalmente se fija en el 753 a. C. Fue el monje Dionisio el Exiguo el que, en el siglo VI, calculó, con los datos que poseía en su época, que Jesús habría nacido en el 754 de Roma, y, por tanto, que ése era el año 1 de nuestro calendario. Hoy conocemos un detalle que aquel monje desconocía y que modifica la datación: Herodes I el Grande, bajo cuyo reinado nació Jesús, murió el año 4 a.C. Según esto, lo seguro es que el nacimiento de Jesús tuvo lugar antes del referido año 4 a.C. Si, además, tenemos en cuenta toda una serie de indicios, podemos colocar con muchísima probabilidad el nacimiento de Jesús en los comienzos del 6 a.C. Que el hecho tuviese lugar en tiempo del emperador Octavio César Augusto encaja perfectamente, ya que gobernó desde el 30 a.C. hasta el 14 d.C.
Conviene también recordar que la celebración de la navidad, el 25 de diciembre, se establece tan sólo el año 354, a finales del reinado de Constantino II, porque ese día celebraban en Roma la fiesta del “Sol naciente” (solsticio de invierno)
Los relatos de la infancia de Jesús, por su especial género literario, son «difíciles de leer» pues, aunque aparenten ser relatos folklóricos, son en realidad teología de alto nivel. Desde luego, no se pueden leer como si fueran literariamente historia.
2.2. Jesús comienza a predicar
La única fecha exacta que los evangelios nos dan no se refiere a Jesús, sino a Juan el bautista, personaje citado también por el historiador Flavio Josefo (Ant., 18; 5, 2).
En Lc 3,1 s., se nos cuenta que «en el año 15 de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea y Herodes, tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y Traconítida, y Lisanias, tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto; y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados».
Todos los nombres indicados coinciden perfectamente con la fecha que se señala, que coincidiría con el mes de septiembre del año 27 d.C. Por ello, podemos decir que, en el año 28 de nuestra era, Juan bautista predicaba. Si la predicación de Jesús se inició poco después que la del bautista, quizá ya en el año 28 de nuestro calendario comenzó Jesús su «vida pública». Para esta época Jesús tendría probablemente 34 años. La duración de la predicación de Jesús debió ser de unos dos años o tal vez menos.
En Lc 3,23, se nos dice que Jesús, al comenzar, tenía «unos 30 años». El dato, tomado al pie de la letra, nos daría pistas para averiguar otras fechas; sin embargo, la frase parece que hay que entenderla en sentido simbólico, no matemático; «30 años» hay que traducirlo simplemente como «la edad ideal para comenzar una misión».
2.3. Cuando murió Jesús
Todos los evangelistas coinciden en que era viernes, «día de preparación, víspera del sábado». Dado que en aquella época el día se contaba de puesta a puesta del sol, este viernes (desde las seis de la tarde del jueves hasta las seis de la tarde del viernes) abarca todo el desarrollo de los acontecimientos: última cena, juicio, crucifixión y entierro. Sin embargo, los tres evangelios sinópticos afirman que eso tuvo lugar el día 13 de Nisán y Juan señala que fue el 14 del mismo mes. Con estos datos, parece que la fecha más probable de la muerte de Jesús es el viernes 7 de abril del año 30. Según todo lo anterior, probablemente Jesús tendría al morir 36 años de edad.
3. Documentos no cristianos sobre Jesús
Tenemos también algunos testimonios, generalmente anticristianos, acerca de Jesús. Son pocos, porque toda la tradición histórico-literaria de la época imperial se ha perdido, con excepción de Suetonio y Tácito. No sabemos lo que dirían los demás historiadores, pero desde luego podemos pensar lógicamente que la gran historia universal apenas se fijaría en Jesús de Nazaret o en los cristianos.
3.1. Suetonio escribe en el año 120 sobre los sucesos del año 51 y dice que «el emperador Claudio expulsó de Roma a los judíos porque, por la influencia de Cristo, llegaron a ser causa permanente de desorden» (Vita Claudü, 25, 4). Este hecho se cita en Hch 18,2.
Figura 29
Suetonio y las primeras referencias romanas al cristianismo

Nota. Representación del historiador romano Suetonio (siglo II), una de las primeras fuentes no cristianas que menciona a Cristo. 3.2. Tácito, el gran historiador romano, en un texto del año 117, escribe a propósito del incendio de Roma, ocurrido en el año 64, y menciona la persecución de los cristianos.
3.3. Plinio el Joven, legado imperial en las provincias próximas al Mar Negro, en el año 110 consulta a Trajano sobre cómo sancionar a los seguidores de Cristo,
Figura 30
Plinio el Joven y la consulta a Trajano sobre los cristianos

Nota. Plinio el Joven (siglo I-II), autor de una de las primeras cartas oficiales donde se menciona la práctica cristiana. 3.4. Flavio Josefo, el único historiador judío de la época del que conservamos sus escritos, nos habla en Antigüedades judías (año 94 d. C.) de Juan bautista y, a propósito de las arbitrariedades del Sumo Sacerdote Anás, menciona que en el año 62 «convocó a los jueces del sanedrín y trajo ante ellos a Santiago, el hermano de Jesús, llamado Cristo».
4. La existencia de Jesús: de la historia a la fe
Hemos visto los documentos no-cristianos de la época. Podemos observar que ninguno niega la existencia real e histórica de Jesús de Nazaret. Todos se refieren a él como a alguien concreto y no como a un ser mitológico. En realidad, si a la existencia de Jesús le pedimos más pruebas que a otros personajes, es porque él tiene hoy para nosotros una trascendencia que los demás no tienen.
Sin la existencia real de Jesús, no habría lugar para la fe, pero, aunque con documentos históricos hayamos comprobado su existencia, solo la fe personal podrá hacernos ver en él al «hijo de Dios».
5.- La biblia y los evangelios
Si la biblia es una obra importante por su influencia en la cultura occidental (y a través de ésta en otras muchas culturas) y, además, por el número de creyentes que la aceptan como «palabra de Dios», es evidente que en un 99% esto es debido al movimiento cristiano. Es decir: la Biblia, entendida desde un punto de vista cristiano, es la que da color a una cultura y tiene una importante cantidad de creyentes.
Si la mayoría de los lectores, creyentes en la Biblia, son cristianos, ello querrá decir que su lectura la harán inevitablemente desde un punto de vista cristiano y que, por consiguiente, en la práctica, concederán más importancia a aquellos escritos que coincidan más o expresen con mayor claridad esta perspectiva, o sea, el Nuevo Testamento.
Esto no supone en absoluto negar al Antiguo Testamento su calidad de «palabra de Dios» ni excluirlo de la historia de la salvación. Además, no sería posible entender la teología del Nuevo Testamento en toda su dimensión, si se prescindiera del Antiguo.
Se trata sólo de constatar que el principal punto de interés del lector creyente actual son los llamados «evangelios», desde los cuales se hace una especie de comentario cristiano de toda la Biblia, leyéndola, no para saber curiosamente por qué, por quién o en qué época se redactó tal o cual pasaje del Antiguo Testamento, sino para establecer qué es lo que nos quiere decir ahora según los criterios de Jesús de Nazaret.
6. Un solo evangelio en los cuatro evangelios
La palabra «evangelio», de origen griego, significa etimológicamente «buena noticia». El verbo griego «euangelizein» se usa ya en el Antiguo Testamento con el sentido de «anunciar la salvación que Dios concede» (Is 40, 9; 52, 7; 60, 6; 61, 1).
En el Nuevo Testamento, la palabra «evangelio» significa la predicación de Jesús o de los apóstoles y también el contenido de esa predicación, es decir, «la buena noticia, el anuncio de la llegada del reinado de Dios». Como esta noticia es única, queda claro que sólo hay un evangelio. Posteriormente, a los cuatro escritos que contienen la predicación de los apóstoles se les llama «evangelios». Hay, por tanto, un solo evangelio (una sola noticia) escrito de cuatro formas a las que llamamos los «cuatro evangelios» (Marcos año 60, Mateo año 80, Lucas año 80 y Juan año 100)
7. Proceso de formación de los cuatro evangelios
Dos etapas principales caracterizan el proceso de formación de los cuatro evangelios: una tradición oral y otra tradición escrita. Dentro de ellas encontramos también diversos pasos.
a) Tradición oral
- Por los años 27 al 30, Jesús predica y actúa. Un grupo de discípulos, superior a la docena, fueron los testigos de su actuar y su palabra.
- Entre los años 30 y 70, cuando Jesús había dejado de estar entre ellos, estos discípulos predican su experiencia y el significado de la existencia de Jesús de Nazaret.
b) Tradición escrita
En esta época, y para satisfacer las necesidades de los diversos grupos de creyentes que estaban separados a veces por largas distancias, se redactan varios tipos de escritos en n griego común, que resumen de forma estereotipada los discursos de Jesús, narraciones de hechos sueltos, simples frases, la pasión, cartas a comunidades, etc.
Tal vez antes, pero con seguridad entre el año 70 y el 100 d. C., los que nosotros llamamos evangelistas, valiéndose de estos escritos anteriores, de la propia experiencia y de otras fuentes de información, redactan para distintos destinatarios lo que actualmente conocemos como «los cuatro evangelios». Cada autor lo hizo a su manera, teniendo en cuenta, sobre todo, las circunstancias de aquellos a quienes escribía. No obstante, se trata de un mismo mensaje expresado de cuatro formas, de un mismo contenido explicado de cuatro modos diferentes.
8. ¿Son los evangelios los escritos más antiguos del nuevo testamento?
Figura 31
Estructura del Nuevo Testamento

Nota. Representación esquemática de los escritos que componen el Nuevo Testamento cristiano. Los primeros escritos del Nuevo Testamento que conocemos son cartas de san Pablo escritas hacia el año 51 d. C. Pero es muy probable que «bloques» sueltos, posteriormente integrados en los evangelios, estuviesen ya escritos antes que estas cartas. De cualquier modo, lo más interesante no es cuándo se puso por escrito una tradición, sino su real antigüedad, ya que se trata de acercarnos a las fuentes.
9. ¿Cambian los evangelistas la realidad de Jesús de Nazaret?
Jesús de Nazaret y su actividad son un hecho; estos pueden admitir diversas interpretaciones, y, en esta ocasión, los mismos creyentes primeros nos dan noticia de que no todo el mundo vio las cosas como ellos ni antes ni después de la muerte de Jesús. Muchos vieron en él a un falso profeta que desestabilizaba la situación política, y lo eliminaron. Sin embargo, la interpretación de sus más asiduos seguidores fue no sólo que era «más que profeta», sino que se trataba de «la palabra de Dios hecha hombre», del «hijo de Dios», que ellos en un principio no habían reconocido. Admiten que ellos también han cambiado de punto de vista sobre Jesús, a partir del suceso que llaman «resurrección», y al que ellos dan el valor de testimonio que Dios mismo ofrece sobre la misión de Jesús.
Esta es su fe. Y la fe no es algo que se pueda afirmar o negar científicamente, algo que se pueda volver evidente. La fe, como el amor, pertenece a otro orden de vivencias humanas.
10. ¿Cambiaron los apóstoles el mensaje de Jesús?
A primera vista, en el plano de la expresión concreta, puede parecer que sí. Jesús, según lo que los mismos apóstoles nos transmiten, no hizo de su persona el tema principal de su mensaje, sino que predicaba la llegada del reinado de Dios. Los evangelios dan testimonio de esto. Sin embargo, lo que la primera comunidad cristiana predica es que «Jesús es el Cristo», como nos lo demuestran los demás escritos del Nuevo Testamento. Observamos, pues, que al menos las palabras son distintas.
Con distintas palabras, pero, en sustancia es el mismo mensaje. Los apóstoles vienen a decir que el reinado de Dios se inaugura en la persona de Cristo, que cumple la voluntad del Padre hasta la muerte y que Dios confirma la actuación de Jesús con su resurrección. Jesús es el Cristo, porque en él ha llegado el reino de Dios.
11. ¿Es posible escribir una vida de Jesús?
Los evangelios, más que un relato, son un mensaje. Cada evangelista es un autor que tiene su plan personal para dar una visión teológica de Jesús,
La finalidad y la estructura de los evangelios hacen imposible una verdadera historia de Jesús (su infancia, su juventud, su formación, sus amistades). Lo más que permiten es conjeturar una evolución externa de los hechos a grandes rasgos.
12. ¿Qué se puede averiguar de la vida real de Jesús?
Procediendo a distinguir los tres estratos contenidos en los evangelios (lo perteneciente a Jesús, lo propio de la primera comunidad cristiana y lo debido a cada evangelista), podremos encontrar los rasgos principales y los perfiles característicos de la predicación, el comportamiento y el destino de Jesús.
Otra pista es la del lenguaje y el estilo: Jesús habló una variedad galilea del arameo. En los evangelios encontramos frases enteras (Mc 5, 41;15, 34) y palabras arameas sin traducir al griego. Otras veces se advierten las palabras o giros arameos subyacentes. También podemos encontrar modos de hablar preferidos por Jesús, que no eran muy frecuentes en su tiempo: los paralelismos antitéticos, el ritmo propio, las parábolas, los enigmas, el uso de algunas palabras como «reino de Dios», «amén» o «abba» (papá).
13. El problema sinóptico
De los cuatro evangelios contenidos en el Nuevo Testamento, sólo el de Juan (escrito hacia el año 100) tiene una orientación, vocabulario y estructura peculiares; los otros tres (Mateo, Marcos y Lucas) son tan parecidos y siguen en tanta proporción el mismo plan, la misma materia y aun la misma expresión literaria, que, si se editasen sus textos en tres columnas paralelas, podríamos ver con un vistazo o mirada de conjunto las coincidencias y las diversidades.
Ante esto, nos preguntamos: ¿Qué explicación tienen las coincidencias? ¿Qué explicación tienen las diferencias? ¿Qué relación existe entre ellos?
Junto con otras cuatro o cinco, la «teoría de las dos fuentes» es la hipótesis más aceptada para la contestación de estos interrogantes. Esta teoría supone lo siguiente:
Parece que el evangelio de Marcos, escrito hacia el año 60) es la base de los otros dos (Mt: 48% y Lc 31%). Así se explicarían muchas coincidencias.
Lo que no está en Marcos, y sí en Mateo o Lucas, (escritos hacia el año 80) consiste casi todo en discursos recogidos prácticamente de la misma forma, lo que hace pensar que los dos lo sacaron de la misma fuente. A esta fuente de información, distinta de Marcos, la llamamos «Q».
Hay que admitir, además, otra fuente desconocida de cada evangelio, especialmente del de Lucas.
14. El Nuevo Testamento
Los escritos cristianos que componen el Nuevo Testamento no se reducen a los cuatro evangelios, aunque sean éstos los más manejados y conocidos. Existen otras 23 obras, de muy desigual extensión, que nos dan noticias sobre las primitivas comunidades de cristianos y su forma de entender y predicar el mensaje.
«Hechos de los apóstoles», libro de posible autoría de san Lucas, constituye la continuación de su evangelio, es decir, el segundo volumen de su obra.
De sumo interés son las cartas de san Pablo por la trascendencia que este personaje tuvo en la difusión, implantación, organización y posicionamiento de muchas comunidades de cristianos en diversas áreas del imperio. Este intelectual fariseo, viajero incansable, había sido discípulo de Gamaliel, que a su vez lo había sido del gran rabino Hillel (60 a.C.-20 d. C.). Convertido en seguidor de Jesucristo, se opuso desde su prestigio a los legalismos de los judeocristianos y mantuvo con firmeza fórmulas de apertura para las comunidades, iglesias, de los no judíos. Del acierto de su visión da prueba el hecho sociológico de que todo el occidente, con los distingos que queramos poner, es cristiano, mientras que la postura mantenida por Santiago hizo que en el s. IV ya no quedasen comunidades de judeocristianos y que su lugar geográfico fuera ocupado más tarde por el islam. No menos de 14 cartas se atribuían tradicionalmente a san Pablo y ningún experto duda que al menos 8 fueron escritas por él entre los años 50 y 62.
Conservamos también cartas atribuidas a Santiago, a san Pedro (2), a san Juan (3) y a san Judas.
Cierra el Nuevo Testamento un libro de no fácil lectura, titulado Apocalipsis o Revelación. El autor se llama a sí mismo Juan y dice escribir en la isla de Patmos. En su conjunto, es el canto triunfal de la iglesia perseguida.
Anexo:
JESÚS, EL HOMBRE QUE ES DIOS
Leonardo Boff, Jesucristo y la Liberación del hombre. Ed. Cristiandad, Madrid, 1981. Pp. 193-196 y 215-216.
En un hombre descubrieron los apóstoles y la iglesia primitiva a Dios. El hombre Jesús de Nazaret reveló en su humanidad tal grandeza y profundidad que los que lo conocieron de verdad, tras un proceso de reflexión, concluyeron: sólo Dios puede ser tan humano. Entonces comenzaron a llamarlo Dios. Se convirtieron en «cristianos».
Lo que de experiencia de Dios hay en las religiones, los cristianos lo encuentran vivo y concreto en un hombre, Jesús de Nazaret, en su vida, en sus palabras y en sus hechos, en su muerte y resurrección.
¿Cómo puede entenderse que un hombre concreto con su historia individual y datable sea al mismo tiempo Dios? ¿Cómo hacer comprensible y armónica la difícil paradoja de que lo finito es infinito, o lo «totalmente otro» es, no parecido, sino igual a nosotros?
No será a través de un análisis abstracto de los términos «Dios» y «hombre» como nos podemos acercar mejor a este misterio, sino partiendo de Jesucristo mismo. No se trata tanto de hablar sobre él, como de hablar desde él.
¿Con qué palabras podemos expresar esta realidad de la encarnación de Dios? Al hablar y reflexionar a partir de Jesucristo, usamos palabras y comparaciones del mundo cultural que nos rodea, las mismas con las que podemos entendernos con los demás y hacernos comprensibles a nosotros mismos. Nuestros conceptos y fórmulas son el vaso exterior que envuelve el misterio. No sustituyen el misterio, pero quieren comunicarlo, aunque sea de forma imperfecta, siempre dentro del lenguaje comprensible de cada época. Si bien los dogmas no quieren abarcar ni sustituir el misterio, establecen una regla doctrinal y comunitaria de hablar a partir del misterio. Son la fijación verbal y doctrinal, con la ayuda de los modos de expresión que la cultura ambiental ofrece, de las verdades fundamentales del cristianismo para un determinado tiempo.
Por eso, para ser cristiano y ortodoxo no basta con recitar fórmulas antiguas y venerables. Es necesario vivir el misterio que las fórmulas encierran e intentar decirlo siempre de nuevo, dentro de nuestro lenguaje y de nuestro tiempo. Sólo así la fe deja de ser un objeto de museo y se convierte en elemento inspirador de vida y de continua superación en dirección a Dios y a la profundidad humana.
Mantener que Jesús es auténtico hombre y auténtico Dios llevó trabajo a la iglesia antigua. Jesús no es una apariencia de hombre que en realidad ni sufre ni muere, ni un subordinado o criado de Dios, ni siquiera un hijo adoptivo. No es un hombre semejante a Dios, sino de igual naturaleza que Dios (luz de luz), Dios auténtico y hombre perfecto y verdadero.
Pero esta confesión de fe en Jesús lleva consigo la exigencia de imitar su modo de ser como «ser-para-los-otros». La encarnación, por tanto, encierra un mensaje concerniente no sólo a Jesucristo, sino también a la naturaleza y destino de cacia hombre.
Si Jesús es verdadero hombre, lo que se afirma de él se podrá afirmar, en alguna medida, de todos los hombres, y podremos así entrever quiénes y cómo somos nosotros mismos. Como Jesús, todo hombre se encuentra en una situación de apertura a la totalidad de la realidad, no solamente al mundo o la cultura. Está abierto al infinito que él entrevé en la experiencia del amor, de la felicidad, de la esperanza, del sentir, del querer y conocer que anhela por eternidad y totalidad. El hombre no quiere ser solamente esto o aquello: lo quiere todo.
Jesús es para nosotros ejemplo tipo del verdadero hombre que cada uno de nosotros debe ser y todavía no es.
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El evangelio de Jesucristo: la misericordia. La conversión y seguimiento
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Introducción
El Evangelio de Jesucristo tiene como centro el anuncio de la misericordia de Dios, manifestada en palabras y gestos concretos de perdón, acogida y compasión. Jesús revela un rostro de Dios cercano a los pecadores, enfermos y excluidos, mostrando que el amor es la clave del Reino.
Ante este anuncio surge la llamada a la conversión, entendida como un cambio profundo de vida y de mentalidad. Seguir a Jesús implica asumir su estilo de servicio, practicar el amor al prójimo y comprometerse activamente en la construcción de una sociedad más justa y fraterna.
Termino
Concepto
Termino
Concepto
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El evangelio de Jesucristo, conversión y seguimiento
Han llegado hasta nosotros cuatro versiones del evangelio de Jesús, es decir, de Jesús, como “buena noticia” para todos nosotros.
Figura 32
Los cuatro evangelistas y la transmisión del Evangelio

Nota. Representación simbólica de la tradición evangélica en sus cuatro versiones canónicas. Hemos de tener en cuenta que no es posible separar sus palabras de sus actos. Lo que él dice viene interpretado por sus hechos y a su vez sus hechos hacen patente su sentido por sus palabras. Una síntesis de la doctrina y del pensamiento de Jesús no puede limitarse a sus discursos.
Su vida toda, hechos y palabras, habremos de verla en el momento concreto en que ocurrió. El ambiente y el contexto de su predicación y la historia que había precedido a aquel tiempo nos ayudarán a comprender la originalidad de Jesús.
1. Tiempo de espera y de esperanza
Flavio Josefo nos transmite en sus escritos el clima social que él había vivido intensamente en los años siguientes a la predicación de Jesús de Nazaret. En sus narraciones se pueden ver presuntos profetas o mesías y fenómenos extraños que se interpretan como predicciones de futuro que mantienen en continua ebullición al país trayendo como consecuencia rebeliones armadas y finalmente las guerras judaicas.
Los evangelios atestiguan este clima en múltiples ocasiones. Nos dicen, por ejemplo, que «como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando si Juan no sería el Cristo» (Lc 3, 15). Juan el bautista pregunta: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» (Mt 11, 4). Y hasta los discípulos de Jesús confiesan que «nosotros teníamos la esperanza de que éste fuera el que iba a libertar a Israel» (Lc24, 21).
Anécdotas aparte, es evidente que, cuando Jesús predica, la expectación es intensa y generalizada.
2. El Mesías esperado
Todos esperaban que esta situación de dominio extranjero, de injusticia social y de formalismo religioso acabaría en la llegada de un personaje al que se le daba el nombre de mesías.
Figura 33
El Mesías esperado en el judaísmo del siglo I

Nota. Imagen representativa de las expectativas mesiánicas en tiempos de Jesús. Mesías es una palabra hebrea que equivale a la griega Cristo. Ambas significan ”ungido”, es decir, aquel sobre cuya cabeza se ha derramado aceite con un significado concreto.
En un principio, esta palabra equivalía a rey, puesto que al elegir a alguien para este cargo se le ungía. Finalmente, este título se reservará para indicar el rey ideal que «ha de venir», a quien se le dará el título de hijo de David o de hijo de Dios.
En tiempos de Jesús, todos esperaban un mesías- rey, aunque con distintos acentos según los intereses de cada grupo. Las masas populares ansiaban un liberador político-social; los fariseos, a alguien que restaurara el cumplimiento de la ley; los zelotes, a un caudillo revolucionario, y los esenios habían dividido los papeles: esperaban a dos mesías, el de Israel, que se ocuparía de la liberación política y el de Aarón, que llevaría a cabo la purificación religiosa.
Nadie esperaba un mesías humilde, y mucho menos una presencia real de Dios en la historia concreta de los hombres.
3. Jesús, un Mesías distinto al esperado
Frente al triunfante y espectacular mesías, que con la fuerza exterior de su poder libertaría a Israel, se presenta Jesús, y lo hace renunciando a todo uso de la fuerza, entendida ésta no sólo como violencia física o militar, sino también como ostentación apabullante de la omnipotencia de Dios que con sus milagros obligue a todos a creer.
Por el contrario, Jesús invita al ser humano a la conversión interior y, a partir de ahí, produce frutos externos y palpables, del mismo modo que los árboles buenos producen frutos buenos. Presenta un reino frágil y débil en principio, pero que, como la mostaza, que de simiente pequeña se convierte en gran arbusto, cosechará abundantemente y su éxito será grande e imparable.
La meta a la que Jesús lleva a los seres humanos es grandiosa. Él asume los anhelos más profundos de la humanidad. El hombre insatisfecho de todos los tiempos y culturas podrá llegar a su realización total.
4. El mensaje de Jesús
El Jesús histórico no predicó sobre sí mismo ni se anunció como hijo de Dios, mesías o Dios. Los títulos que los evangelios le atribuyen son, en su gran mayoría, expresiones de la fe de la comunidad primitiva. Tampoco el tema central de su predicación fue la iglesia, ni siquiera Dios, sino que en concreto sus palabras fueron dirigidas a proclamar «el reino de Dios».
Figura 34
El anuncio del Reino de Dios

Nota. Representación artística del anuncio del reinado de Dios proclamado por Jesús. Pero ¿qué contenido da Jesús a las palabras «reino de Dios»? ¿Qué quería decir cuando hablaba de esto? Contestar a ello es resumir el núcleo del mensaje de Jesús.
De acuerdo con la mentalidad semita, ni él, ni siquiera los escritores del Nuevo Testamento nos dan una definición precisa del «reino de Dios», pero sí nos ofrecen abundantes características de esta nueva realidad. El reino no es un territorio, ni una institución concreta (ni siquiera la iglesia), ni un partido político, ni liberación alguna intrahistórica concreta; no es una teocracia. Jesús se niega a que lo proclamen rey como los de este mundo. Tendríamos que hablar mejor de reinado, de soberanía, de gobernación de Dios.
El reino de Dios no es un dominio implantado a la fuerza por Dios, sino que exige la aceptación y la participación de los hombres. El protagonismo de Dios no invalida las luchas históricas que los hombres llevan a cabo por mejorar el mundo. No sólo no las invalida, sino que las potencia. No se trata de resignación y paciencia.
No es, por tanto, un reino como los conocidos en la tierra, pero tampoco es una realidad del otro mundo, situada más allá de la muerte, como el cielo. Comienza ya aquí, aunque su final y plenitud se den más allá de la historia. No es por tanto exclusivamente futuro. El reino ya está iniciado, pero no ha llegado a su plenitud todavía. La salvación termina más allá, pero se inicia en el aquí y ahora. Jesús no quiso impartir enseñanza sobre el fin, sino hacer una llamada para el presente, a la vista del fin.
No es sólo espiritual, de tal modo que se ciña en exclusiva al interior de la persona, sino que afecta a toda la realidad; todo tiene que ser cambiado: el interior del hombre, sus acciones, su sociedad, sus relaciones, pero también el cosmos entero. Cuando Dios gobierna el corazón de los hombres, su reinado se manifiesta a través de las obras de éstos. Jesús insiste en la necesidad de que los frutos externos manifiesten la soberanía de Dios en el corazón del hombre. El reino es un nuevo orden de cosas, un mundo nuevo en contraposición a éste en que vivimos, en el que el hombre acepte libremente que se cumpla la voluntad de Dios. La totalidad de lo real debe ser transformada. La voluntad del Dios de Jesús no se cumple en ritos u obligaciones raras, incomprensibles y aburridas, sino en la superación de todas las alienaciones humanas, de todo mal físico o espiritual, del pecado, del odio, de la desunión, del dolor de la muerte. Comporta la eliminación del pecado en sus dos vertientes: la limitación del hombre su comportamiento cerrado e insolidario. En frase tal vez inexacta: Dios se hace hombre para que los hombres encuentren el camino de llegar a participar de la vida de Dios, es decir, a ser plenamente felices.
Esta utopía comienza a convertirse en realidad en la persona misma de Jesucristo que acepta hasta la muerte la voluntad del Padre y vive una vida de significativa solidaridad con los hermanos, finalizando la limitación humana en su resurrección. Él es el primer nacido de entre los muertos. El reino está iniciado, pero no terminado. La levadura nueva de Jesús debe hacer fermentar el mundo viejo que necesita cambiar de estructuras, como el vino nuevo es necesario ponerlo en odres nuevos. No comporta sólo la eliminación del pecado, sino de todo lo que el pecado significa y lleva consigo.
Figura 35
El Reino como semilla y levadura

Nota. Imagen simbólica de las parábolas del Reino: mostaza, levadura y vino nuevo. La plenitud de este reino no llega por evolución social (espiritual o técnica), ni por revolución social (de derechas o izquierdas). Su cumplimiento final viene por la acción de Dios. Él es el sembrador cuya simiente produce el ciento por uno cuando las buenas cosechas rinden el diez y las normales el siete. Pero esto no excluye la acción del hombre en el ámbito individual y social mientras camina en la historia.
La causa de Jesús es la causa de Dios en el mundo. El interés de Jesús se centra en el hombre al centrarse totalmente en Dios. La causa de Dios es la causa del hombre, la voluntad de Dios es el bien del hombre. No se puede estar a favor del Dios de Jesús y contra el hombre; y de esto hay que sacar consecuencias prácticas aquí y ahora.
5. El Dios de Jesús
El Dios de Jesús es cercano y solidario con el hombre como un buen padre. Es éste un rasgo esencial que lo diferencia del dios de las religiones. El da el primer paso poniéndose al servicio del hombre.
La palabra aramea «abba», que en ocasiones cita sin traducir el Nuevo Testamento, la usaba Jesús para referirse a Dios. El término significa «papá». Lo mismo que el Antiguo Testamento, el judaísmo palestinense de los tiempos anteriores a Jesús se resistía mucho a dirigirse a Dios como padre. Las veces que lo hace es para recalcar la obligación de obedecerle. Jesús, sin embargo, se dirigía a Dios como a «mi padre». Ni un solo ejemplo de esto encontramos en el judaísmo. La palabra era usada por los niños para llamar a su padre. Queda clara la especialísima relación de Dios con Jesús. Él nos enseñará a llamarlo también nosotros así. Hacerlo de verdad será estar dentro del reino.
6.- La conversión y el seguimiento
La cosa empezó en Galilea. Las palabras de Jesús sonaron así: «Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios, convertíos y creed la buena noticia» (Mc 1, 15). La gente se quedaba asombrada porque enseñaba como quien tiene autoridad propia y no como los expertos en religión de aquel tiempo.
Figura 36
La llamada a la conversión

Nota. Escena representativa del llamado inicial de Jesús en Galilea. A partir de entonces, hubo personas que no sólo lo vieron y escucharon físicamente, sino que también lo «encontraron» a un nivel más profundo. La verdad es que fue él quien les salió al encuentro. Fue él quien les llamó para que lo siguiesen. Pero sus palabras no se dirigían exclusivamente a sus discípulos, sino a todos, porque no se trataba de seguirle por los caminos polvorientos de Palestina, sino de aceptarlo a él como «camino verdadero y viviente» (Jn 14, 6).
Cuando Jesús pide a sus oyentes que se conviertan y lo sigan, la única reacción lógica por parte de éstos es decidirse por él o, en el peor de los casos, abandonarlo. Desde luego que no basta conocer su doctrina o haber oído su llamada. El pide discípulos, no espectadores u oyentes.
Pero ¿qué quiere decir la expresión «convertíos»? ¿Qué supone en realidad el seguimiento?
7. La conversión
Convertirse significa, en el lenguaje bíblico, cambiar de mentalidad (meta-noia). Supone que el hombre adopta en su interior una nueva escala de valores, que piensa y siente de manera distinta a lo que antes ocurría. Esta nueva sensibilidad es tan distinta de la anterior como puede serlo un corazón de piedra de un corazón de carne (Ez 36, 26-27). Por su propia naturaleza, todo lo dicho lleva consigo, no de forma mecánica, pero sí de forma lógica, un cambio exterior. Al pensar y sentir de otra manera, lo normal es que se actúe externamente también de manera distinta. Zaqueo, que ha comprendido que lo importante no es el dinero, decide devolver cuatro veces lo defraudado (Lc19, 8).
Según esto, convertirse a Jesús significara aceptar la escala de valores que él muestre y vivir de acuerdo con esta nueva forma de entender la vida. La conversión afecta por tanto al hombre entero comenzando por su interior. No es una nueva ley que se impone desde fuera, ni se trata de un cambio ético externo. Lo primero es encontrar el motor de este cambio, el porqué, en el interior del hombre. No es hacer o dejar de hacer determinadas cosas. Convertirse a Jesús implica primero encontrarse con él, aceptarle y voluntariamente, estar de acuerdo con sus sentimientos y su concepción de la vida, y de estas raíces saldrán en último término los frutos de una actuación externa coherente con lo que en el interior se siente y se vive. Se le llama cambio radical porque son las raíces, los cimientos, los «porqué» lo que ha de cambiar esencialmente. Partiendo de ello, se han de producir los frutos o construir el edificio. Convertirse es el primer paso de la vida cristiana. En nada se diferencian en este aspecto fe en Jesús y conversión.
La adhesión que Jesús pide es incondicional y total. La entrega ha de ser de todo el hombre y en todos los aspectos de la vida. No basta con un asentimiento intelectual o una parcela de la existencia. Creer en él es instalarse en la desinstalación. «Las raposas tienen madrigueras y las aves del cielo nidos; pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Lc9, 57). Esto ha de hacerse sin nostalgias o resignación, porque «quien pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es apto para el reino de Dios» (Lc9, 62). El resultado, contra todo lo que se pudiera pensar, es una gran alegría.
8. El seguimiento
Tras este primer paso de encuentro, conversión y fe en Jesús, la dinámica de la vida y la misma palabra del Señor piden algo más: el seguimiento. Esta conversión continua, este ajustar siempre el rumbo al pensamiento y a la acción del maestro es lo que define al discípulo. Hacer las mismas opciones que él, repetir sus gestos significativos, asumir sus pensamientos, inspirarse en sus criterios y tomas de postura, tener sus preferencias, en suma, poseer su mismo espíritu.
Pero ser discípulo de este maestro está en consonancia con el carácter peculiar que tiene. No tendrá el discípulo mejor suerte que su maestro (Mt 10, 24-25).
La cualidad de discípulo implica una llamada de Jesús, pero también una libre respuesta por parte del llamado. A todos -Jesús no llama a una élite- se les propone la misma meta: seguir sus pasos manteniéndose fieles a la palabra del maestro (Jn 8, 31-32). Se trata de un seguir obediente y un obedecer creyente.
Llamando a la gente, a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mc8, 34). El seguimiento es para el cristiano una cuestión de ser o no ser. Sin resolverla positivamente, no podrá con rigor evangélico llamarse cristiano.
9. Los discípulos
Puesto que el seguimiento es lo que convierte al oyente en discípulo, será de interés que nos detengamos en conocer los perfiles y el papel que definen la figura del discípulo en tiempos de Jesús.
Figura 37
La comunidad de los discípulos

Nota. Representación de la vida comunitaria en torno al Maestro. La protesta de Pedro ante el anuncio de su captura y muerte próximas es contestada tajantemente por Jesús con estas palabras: «Vete detrás de mí, Satanás». Este ir detrás de alguien no significa otra cosa en sentido figurado que ser discípulo de alguien. Pedro en este caso le ha querido dar lecciones al maestro, se ha puesto delante de él y por eso tiene que oír que su lugar está detrás, entre los discípulos.
La enseñanza que daban los rabinos, nombre con el cual se designaba a los maestros de aquel tiempo, no era metódica o formal, sino de tipo ocasional. Lo que importaba era una comunidad de vida. Acompañar en toda ocasión al maestro, imitando su comportamiento y su proceder en las situaciones más variadas, era el modo de adiestrar y transmitir la propia sabiduría a los discípulos. Jesús no fue en esto una excepción: los eligió para tenerlos en su compañía, junto a él (Mc3, 14). La enseñanza no consistía pues en el aprendizaje de ninguna teoría de tipo intelectual. Enseñanza propiamente dicha se daba tan sólo en determinadas ocasiones, por ejemplo, con motivo de un acontecimiento o en contestación a las preguntas de los discípulos. Este método de vida en comunidad creaba una unión entrañable que Jesús resalta: «Ya no os llamaré siervos, sino amigos» (Jn 15, 15).
En el caso de Jesús, no son los discípulos quienes eligen al maestro, sino es Jesús quien llama a cada uno. Es él quien los elige (Jn 15, 16). Es él quien les sirve, incluso en las formas tenidas por más humillantes, como en el caso del lavatorio de los pies, va que el hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir. Por eso, aquel de los suyos que quiera ser el primero tendrá que ser el servidor de todos (Mt 20, 25-28). Pero no acaba aquí lo peculiar de este maestro: sus discípulos no deberán ser nunca maestros, porque únicamente Cristo es maestro, padre y preceptor (Mt 23, 8-12).
Seguir a Jesús significa entonces creer en su palabra y cumplir en entrega confiada sus orientaciones. La causa de Jesús no es separable de Jesús mismo, porque él no liga a sus seguidores a algo externo, una ley o unas ideas, sino a su persona. Su programa es él mismo.
10. El seguimiento hoy
Figura 38
La comunidad de los discípulos

Nota. Imagen simbólica del discipulado cristiano en el mundo contemporáneo. Lo decisivo es que nosotros abandonemos nuestra escala de valores y hagamos nuestro su modo de pensar y adaptemos nuestra vida a este patrón valorativo. Sin esto, toda imitación externa de Jesús se queda en remedo y pose solamente. Y, más aún, de no ser así, estaría en oposición con la libertad cristiana que pide desarrollar la propia personalidad según el nuevo orden de valores de este hombre perfecto que es Cristo. La imitación externa tiene valor solo como confesión de fe, como expresión del deseo de estar de acuerdo con él lo más posible. Para la acción del cristiano, la continua referencia a su maestro es imprescindible, a fin de poder recrearlo y transmitirlo en el mundo de hoy y tomar las posturas que él tomaría ante los problemas del hombre de hoy. Este leer entre líneas los evangelios, este encontrar criterios cristianos es la tarea del creyente en Jesús de Nazaret.
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