Mi experiencia más cercana en el que estuve a punto de caer fue por la desinformación generada por inteligencia artificial. Hace unos días, mientras navegaba por los Reels de Instagram, me topé con un video donde supuestamente una figura pública muy conocida del mundo de la tecnología anunciaba una nueva plataforma de inversión. En el video, prometía que cualquiera que depositara dinero a través del enlace de su perfil recibiría el doble de su inversión en menos de 24 horas. La información me pareció sumamente creíble por el impresionante nivel técnico del video: la voz era idéntica a la del empresario, la calidad de la imagen era en alta definición y además habían superpuesto el logotipo de un canal de noticias famoso, lo que le daba un aura de legitimidad.
Admito que emociones como la curiosidad y la urgencia ese miedo a quedarme fuera de una oportunidad económica increíble influyeron mucho en mí, ya que el contenido estaba diseñado precisamente para entusiasmar y nublar el juicio crítico. En ese momento de emoción, no vi señales de alerta obvias, como que el usuario que publicaba el video no era una cuenta oficial ni verificada, sino un perfil con un nombre extraño y pocos seguidores. Tampoco noté, en el primer vistazo, que la sincronización entre el movimiento de sus labios y el audio estaba ligeramente desfasada.
Por suerte, antes de hacer clic en el enlace, decidí salir de la red social y aplicar el cross-referencing. Hice una búsqueda rápida en Google con el nombre de la supuesta plataforma de inversión y la palabra "estafa". Inmediatamente aparecieron artículos de ciberseguridad advirtiendo que se trataba de un fraude internacional elaborado con inteligencia artificial y clonación de voz (deepfake). Si volviera a ese momento, ya no me dejaría deslumbrar por la calidad visual del video; lo primero que haría sería ir directamente al perfil oficial de la persona en otras redes para comprobar la información y luego procedería a denunciar la publicación fraudulenta.
Haciendo esta autopsia, me doy cuenta de que mi principal debilidad como consumidor de información es confiar ciegamente en el principio de autoridad. Si veo a un experto o celebridad en un video, asumo automáticamente que es legítimo porque reconozco su rostro y su voz. A partir de ahora, me comprometo a aplicar la duda razonable a cualquier contenido multimedia que apele a mis emociones básicas (ya sea codicia, miedo o indignación), recordando que la tecnología actual puede falsificar perfectamente nuestra realidad.
Con lo aprendido en estas clases sobre alfabetización mediática, el tip que les dejo es este: no confíen en un video solo porque "se ve real". Los videos generados por IA a menudo tienen errores sutiles. Fíjense si la persona parpadea de forma natural, si los bordes de su rostro se ven borrosos al moverse bruscamente, o si el tono de voz suena un poco plano. Y sobre todo, en el ecosistema digital actual, si algo parece demasiado bueno para ser verdad, casi con total seguridad es desinformación.